Tomos de todo

Nicolás Cuéllar Camarena

“Este humor grosero es propio de bufones, pero no de hombres libres. No es urbano ni ingenioso, aunque provoca las más grandes carcajadas”. Cicerón.

        Cuando Franco decidió el nombre pensó en vender, literal y no imaginativamente, tomos de todo tipo: música, historia, literatura, poesía y enciclopédicos. El logotipo, al igual que el nombre de la librería o la bandera del Japón, fue cosa de dos minutos: un saxofón dibujado sin costo por algún amigo medianamente talentoso y una portada fotocopiada del libro “Hojas de hierba”- más pretencioso y esto sería un cuento de ficción. Cada que caminaba frente a la librería me despertaba ansiedad el hecho incomprensible de que una imagen estuviera dibujada y otra pegada con UHU: qué tan poco presupuesto y tan vasta arrogancia se deben tener para no vestir mínimamente bien tu local, pienso. Pero los libros y discos son lo importante, me dije un día que tenía tiempo perdido, y entré con los hombros gachos y la nuca doblada como esperando que algo me cayera encima porque seguramente los candelabros estaban mal atornillados al techo o los libreros flojos de las patas. Una vez que me animé a voltear al techo carcomido me percaté que había puros focos desnudos y perdí todo miedo a sufrir un accidente de carácter cerebral.

        Los tomos se veían ilegibles. Recuerdo que pensé esa palabra exactamente, “ilegibles”. Había libros de autores chilenos de medio siglo XX afines a la política rancia; rusos que no eran Esenin o Mayakovsky y que seguramente tenían un mensaje en sus poemas; argentinos quedados en el peronismo cultural, seguramente porteños; mexicanos editados por dudosas independientes, seguramente diluidores, como les decía Pound, del realismo mágico; haikus japoneses, seguramente leídos sólo por locos como Tablada o Watanabe; teoría literaria que no era del mismo Pound, de Creeley o Valente; enciclopedias italianas de bolsillo (¿…?); poesía de los amigos de Huerta, pero Huerta hijo; lírica anglosajona que no era de Carlos Williams, Elliot, Ginsberg, o del mismísimo autor de “Hojas de hierba” (sí); historia de la Segunda Guerra Mundial escrita por algún alumno de Perez-Reverte, seguramente judío; periodismo nacional de todos aquellos que vomitaban Scherer o Leñero (no tengo idea de a quién vomitaban los maestros pero por las portadas y títulos me dio tal impresión); libros de arquitectura mexicana del siglo XIX, repito: libros de arquitectura mexicana del siglo XIX; y, por último pero igual de graves: jazz oriental con influencia de ska japonés junto a trova también diluida, de Nicaragua. Desgraciadamente la ansiedad no acababa ahí: dos secciones más grandes que las anteriores con libros para perros y gatos (ninguno del “Jaime Mausán canino”, César Millán), y de gastronomía orgánica y cósmica (¡cósmica!). Hasta aquí, la experiencia en la librería era como comerte un biónico “con todo” afuera del bosque de Los Colomos (si eres de Guadalajara) o de Viveros (si eres de la Ciudad de México) o un biónico en general, en cualquier lugar y a cualquier hora.

        En la parte trasera de la librería de nombre “Tomos de todo”, Franco había conseguido abrir su Fuente de Mezcal (qué original nuestro entrepeneur), después de una disputa de meses con la delegación (ahora municipio, con regidores y cabildos y todas las cosas que no funcionan pero que decidieron emular con banderas personales y ambiciosas) que le dejó exhausto y con cien tuits a cuestas en su cuenta donde denunció la corrupción y la burocracia con infalible eficacia: desde ese día renunció el titular de Permisos y Licencias y Franco recibió una bonificación por “abusos de autoridad”. Me acerqué a la susodicha Fuente a preguntar qué se vendía sólo por el gusto de que alguien me leyera la carta y sentir satisfacción de autoadjudicarme un ser superior que no toma alcoholes que saben a desodorante para zapatos de boliche. Me invitó, el barista, una degustación de su “mezcal de casa” y casi lo escupo proyectado a sus lentes de pasta (de algo le hubieran servido los lentes por fin). En el refrigerador unas artesanales, como le dicen los amigos del barista, se terminaban de cocer y el olor a pay (como bien bautiza un amigo que sí es escritor) era indiscutible. Exhausto por la ansiedad y rendido en la confusión, me senté en una de las sillas que, por supuesto, no sólo eran incómodas sino distintas entre sí. Apareció Franco como si yo fuera el elegido para estrechar su mano y se presentó orgulloso autor intelectual de la librería: entendí que no entendía nada. Queremos que se descubran nuevas ventanas, vendemos ventanas, me dijo con voz rugosa probablemente ocasionada por el botón del cuello que le perforaba la garganta. No tuve interés en contestar nada que obligara a justificaciones, por lo que me paré de la “silla”, le di un golpecito en el hombro validando sus intenciones y caminé de frente.

        Salí de la librería con un accidente cerebral que había querido evitar, y perdí tanto la memoria que ya no sé si sí lo viví, si lo inventé, o si fue una mezcla de visitar la Galería El Triunfo a.k.a. Soumaya, Zona Maco, las mezclarías de la Roma, las librerías de la Escandón, escuchar lecturas en las pulquerías de Insurgentes y convivir con jóvenes escritores que usan sombrero.

Estados en el estado de la cuestión de “Muerte sin fin”

Nicolás Cuéllar Camarena

José Gorostiza

La Segunda Guerra Mundial estaba dando sus primeros e inmerecidos suspiros cuando el poema de Muerte sin fin apareció en la escena de la lírica mexicana, rescata Angélica Tornero en Muerte, apelo a tu rigor (Nota sobre muerte sin fin de José Gorostiza) este importante y fuerte contexto. Corría el año de 1939 y en México se consolidaban ya los Contemporáneos desde hace diez años. Según el texto de Horácio Costa, Apuntes sobre el poema largo en América Latina (José Gorostiza y Octavio Paz, Jorge de Lima y Haroldo de Campos), los Contemporáneos llegaron con el modernismo que le inyectó Carlos Pellicer a la poesía mexicana. Antes de ellos estuvo el no tan fructífero estridentismo, una corriente de varios poetas (como Manuel Maples Arce) mas no de varios años. Digamos, en números, que los Estridentistas brillaron en la segunda década del siglo XX y los Contemporáneos llegaron en la tercera; aunque hay algunas opiniones rescatadas que afirman que el poema de Pellicer, Piedra de sacrificios: poema iberoamericano, publicado en una antología de nombre Poesía en movimiento, en 1924, fue la primer creación moderna en el verso mexicano. La primera publicación de Muerte sin fin estuvo a cargo de la Editorial Cultura en sus ediciones R. Loera y Chávez, en la Ciudad de México. Fueron 550 ejemplares los que dieron el banderazo a finales de los años 30, mismos que no tardaron en hacerse notar dentro de la crítica y el medio cultural y académico de México. En vida, Gorostiza fue testigo de dos ediciones más en las que se vio introducido Muerte sin fin. La primera salió en el año de 1952 con comentario de Octavio Paz y la segunda (tercera edición en el caso global) en 1964, recopilando varios de sus poemas recogidos de revistas, así como el poemario Canciones para cantar en las barcas y un Comentario sobre la poesía; esta última edición a manos del Fondo de Cultura Económica.

Gorostiza dedicó la mayor parte de su vida a escribir poesía. La única pieza de prosa que se le conoce fue Metamorfosis del amigo, y el resto fueron reseñas de libros y crítica literaria en revistas. Muerte sin fin representa, sin dudas, la cúspide literaria del tabasqueño. Autor Contemporáneo, apoyado de cierta forma por el gobierno con diversos puestos diplomáticos en el extranjero, pudo dedicar su vida al servicio de la literatura y la cultura.

Al ser Muerte sin fin una de las obras líricas más reconocidas en nuestro país y en muchísimos otros de habla hispana, las interpretaciones que han girado en torno al poema son vastísimas. Y muchas, tal vez la mayoría más no en su mayoría, disímiles. En otras palabras: casi todas difieren entre sí en aspectos de análisis formal y conceptual, pero no así en el tema y construcción central de la obra. Existen consensos en torno a la estructura y el tema de Muerte sin fin, y son los de las las influencias literarias de José Gorostiza. Acotándolo: son las obras que pudieron haber influenciado la elaboración del poema publicado en el 39. Primero, retomemos lo que dice Horácio Costa al respecto:

En pocas palabras, en Muerte sin fin se da conscientemente el rescate de la tradición poética local en la poesía mexicana. El arquitexto en cuestión es Primer sueño. Es un poema visionario, que busca ver no sólo el interior sino el sentido de la materia, apoyándose en el horizonte de conocimiento de la física contemporánea. Lleva al poema a una constitución de objeto verbal. (Costa 217-19)

Habrá que aclarar que Costa llega a esta afirmación después de que logró un desprendimiento de la obra que, para él, ya no era la más cercana a Muerte sin fin: Le cimètiere marin, del francés Paul Válery. Considero, desde un punto de vista personal, que a Costa le ayudó en gran medida la traducción que hizo al portugués del poema en el año de 2003. Misma que le obligó a hacer una lectura mucho más profunda donde olfateó el “estilo neobarroco que reviste la obra de Gorostiza” (218). Ni como el Siglo de Oro ni como las vanguardias: sino más bien una mezcla de Sor Juana con un romanticismo digno de los Contemporáneos y el modernismo latinoamericano. El poeta y crítico brasileño, afirma que “en México ha existido, desde la publicación del poema, un verdadero problema de interpretación” (216). Problema que se ha ido superando conforme el oído se ha agudizado y las recopilaciones se han levantado más seriamente. En esto podría coincidir, por ejemplo, Jorge Cuesta, rescatado por Jorge Aguilar Mora en En los márgenes de “Muerte sin fin”. Aguilar Mora cita, en repetidas ocasiones, al amigo y compañero de generación de Gorostiza, Cuesta, para recalcar que el francés Válery y su Cementerio marino se han quedado cortos para conseguir una lectura más propia del poema largo del mexicano. Aquí Aguilar Mora:

Una poesía mística, la de Gorostiza. La asociación con El cementerio marino de Valéry resulta nula como lectura única de Muerte sin fin, evidentemente el poema de Gorostiza termina estando más asociado a Canto a un dios mineral que a la obra del francés. Pero él sí dijo claramente que otra de las fuentes de su esterilidad, de su fracaso, de su frustración, era Monsieur Teste, del mismo Valéry. (Aguilar Mora 8)

En su ensayo, Aguilar Mora retoma algunas de las creaciones literarias de Cuesta que parecen empalmarse con Gorostiza y Villaurrutia. Parece que en el intercambio epistolar que tuvo Gorostiza con Xavier Villaurrutia, da a entender la influencia de Válery así como la cercanía que tuvo, obligadamente, con Cuesta, quien trabajaba en Canto a un dios mineral desde que Muerte sin fin estaba en pañales, pero que fue publicado hasta 1942. Esta lógica y sana cercanía llevó a Jorge Cuesta a publicar el comentario más certero y reconocido sobre el poema largo del tabasqueño, publicado en la revista “Romance” en febrero de 1940. Según Aguilar Mora, la correspondencia que sufrieron Gorostiza y Villaurrutia fue parte fundamental para la creación de Muerte sin fin, así como el ensayo de Cuesta titulado El diablo en la poesía, presunto culpable de la aparición del diablo en el poema largo con ¡Tan, tan! ¿Quién es? Es el Diablo. Tenemos, entonces, dos posturas distintas aquí: la que lleva a Gorostiza hacia el buen español barroco y la que lo acerca a su generación (los Contemporáneos). Lo curioso en estas dos es que el punto en el que convergen es el de Paul Válery. Aunque Aguilar Mora lo aleja de El Cementerio marino y lo lleva a otras obras del francés, es una realidad que existe un fuerte consenso, bastante probado ya, de que fue, él, una influencia cardinal para el mexicano.

A pesar de ello, las lecturas siguen. Y no me detengo en tres de ellas sino que continúo en la caza por cuál podría ser la más cercana a lo que Gorostiza consiguió crear. Seguimos, entonces, con Leona Baglyosi en Cosmovisión poética en las vanguardias de Latinoamérica: Huidobro y Gorostiza. La hipótesis central de Baglyosi es la similitud y disimilitud que existe entre Muerte sin fin y Altazor o el viaje en paracaídas. Según Leona Baglyosi los dos poemas son sumamente simbólicos. Entendemos, por esto, que “poseen un sistema de símbolos muy complejo” (7). Las diferencias en cuanto a los símbolos existen: “aunque los dos autores trabajen con un sistema de símbolos y motivos muy semejantes, pueden darles valores bien diferentes y, hasta cierto punto, contradictorios” (7). También, los dos poemas hablan de la importancia del conocimiento (misma referencia que hace Horácio Costa en su trabajo): “para poder seguir adelante en la evolución, es necesario conseguir el conocimiento” (7). Sin embargo cada poema postula una idea diferente de existencia, para Gorostiza el conocimiento se logra “en el momento de anonadamiento” (8). Mientras tanto “para Huidobro hay conocimiento superstición y sabiduría verdadera” (8). Para Leona Baglyosi, en “Muerte sin fin los elementos presentes son el agua y el fuego” (9). Mientras que en el Altazor “están los cuatro elementos aunque se habla sobre todo del agua y del aire” (9).

El sueño está en el centro de los dos poemas, afirma la crítica:

Para Gorostiza el sueño es el mundo y está relacionado con la muerte, la cual no termina. Mientras que para Huidobro la muerte por momentos es interrumpida por la vida. El sueño es más importante en Muerte sin fin ya que hace que la muerte no termine. (13-14)

El tema de la muerte es lógicamente semántico en Muerte sin fin. Baglyosi encuentra el significado que tiene, comparándolo con Altazor:

En Muerte sin fin el vaso de agua es una vida ilusoria que lleva a la muerte. Para Gorostiza las personas no pueden escarpar de la muerte, mientras que para Huidobro, en Altazor, los animales están perdiendo facultades y llegando a un punto en el que van a morir. (16, 18-19)

Lo que refiere a la existencia del individuo como parte de un todo, aquí Leona: “en su poema Huidobro presenta la idea de que cada persona tiene que recorrer el camino de la vida individualmente, nadie puede ayudar en ese recorrido. En Muerte sin fin se plantea la idea de que todos los seres que existen hacen parte del proceso evolutivo” (21). El tiempo en la literatura es algo que preocupaba desde tiempos de San Agustín (como lo podemos ver en su libro de Confesiones). Las construcciones del pasado, presente y futuro parecen depender, también, de los actores que juegan en él. Leona Baglyosi también aborda este tema en su ensayo:

En Muerte sin fin no hay ningún elemento que marque el tiempo, no se sabe en qué momento (espacio) pasan las acciones. Mientras tanto, en el Altazor se hace referencia a la época del autor. Muerte sin fin lleva a una “inevolución”. Esto quiere decir que las criaturas vuelven a sus orígenes. Sin embargo, no se puede volver al pasado por lo que los seres evolucionan de forma circular. (25, 28)

El alcance de interpretación que tuvo Leona Baglyosi con Muerte sin fin es único y fresco. No se le había dado antes una comparación con Huidobro y su obra más importante. Para Baglyosi el tema no termina ahí. La conclusión de ambos poemas radica en la muerte o finitud de las cosas:

En Altazor uno se deshace de lo antiguo en busca de lo nuevo, pero las cosas nuevas, tarde o temprano, se gastan, así que es necesario volver a empezar la búsqueda. En el poema de Gorostiza el punto final del camino es la muerte madre, que he considerado varias veces como una muerte definitiva. En Muerte sin fin la unión de vaso y agua es un matrimonio que se consuma cuando el vaso llega a ser colmado por el agua. Para Gorostiza no hay forma de escapar de la muerte, las cosas siempre mueren. Sin embargo, en Altazor los veladores pueden llegar a la inmortalidad. (29-31)

Respecto a la cuestión de la muerte y la finitud de las cosas, se han escrito distintas visiones de Muerte sin fin y sus influencias. Tenemos, por ejemplo, a Emma Godoy, quien exponía que los filósofos alemanes como Kant y Hegel entraban dentro de la interpretación de Gorostiza desde el punto de vista idealista, donde la inteligencia humana interpreta la realidad a su modo (parafraseando a Godoy). Pero hay un personaje que llegó a tumbar la percepción filósoforeligiosa (para mis gustos casi de catecismo del Buen Pastor) de Emma Godoy: Andrew Debicki. Debicki no se limita al idealismo de Godoy sino que alcanza el existencialismo del que dependen las ideas e imágenes que se desprenden de Muerte sin fin. Para Debicki: “Deberíamos también notar que la inteligencia, si bien parece un elemento redentor al principio de Muerte sin fin, resulta luego inútil cuando está desprovista la materia” (64). Si bien Kant y Hegel no entrarían dentro de este análisis de la materia, podríamos jugar a que Heidegger sí; en su cuestión de la técnica y la esencia de la misma: el ser humano como develador de la materia y la ciencia por medio de la técnica- esto ya en palabras mías. Sigo, entonces, con Debicki, quien consiguió, junto con Cuesta, el esbozo más certero y seguro de Muerte sin fin– aquí, de nuevo, mi ojo. Para Andrew Debicki, el poema largo de Gorsotiza trata la descripción del hombre: “En el principio del poema, en el que el protagonista se examina a sí mismo, nos ya indica que la obra será un estudio de la situación del hombre” (67). Después de este primer roce, continúa y dibuja un resumen bastante amplio de lo que es Muerte sin fin:

Empieza presentando e interpretando sus símbolos centrales; el protagonista se identifica a sí y a la materia informe con el agua, que anhela y finalmente descubre el vaso. Este vaso viene a simbolizar la forma, Dios y las fuerzas organizadoras del mundo. Su hallazgo parece representar primero una gozosa justificación de la existencia. Pero poco a poco, y de manera cada vez más obvia, este vaso resulta ser inadecuado; aunque le da forma a la materia, no es una fuerza superior omnipotente, y depende a su vez de la realidad material. La materia queda otra vez sola. Luego, cuando el protagonista trata de aislar la forma, ésta se le desvanece, negando todo sistema ordenado de la existencia, y arrastrando el mundo a su muerte. La última parte del poema encarna vivamente la destrucción que ocurre cuando se revela la ausencia del poder organizador. Se nos muestra una evolución Darwiniana al revés, en la que la materia, desprovista de gobierno, se reduce a la nada. El libro acaba con una descripción a la vez burlona y escalofriante de lo que queda: la muerte y el Diablo. (62)

Si bien hemos entrado ya a las entrañas del poema, es necesario calcular las dimensiones de lo que resultó esta interpretación de Debicki sobre Muerte sin fin. Qué autores, de cierta forma u otra, jugaron con las palabras de este crítico y buscaron construir otros caminos. Está, por ejemplo, Raúl Leiva en Poesía de José Gorostiza, quien vitorea y da las salutaciones a Debicki como quien mejor lo ha entendido:

Autores como Frank Bauster han admirado este poema, pues lo han considerando uno de los mejores poemas contemporáneos. Andrew Peter Debicki es el escritor que más a profundizado en este poema para él Muerte sin fin es “Un poema épico, la presentación poética, amplia aunque negativa del cosmos, par él toda la forma depende de la inteligencia, sostiene que cuando esta desaparece nada puede quedar vivo.” (Leiva 14)

Y esto nos lleva a los residuos de Muerte sin fin ya no sólo en su interpretación entre críticos sino como obra hacia la narrativa y la lírica mexicana. Llegamos, con esto a Tarsicio Herrera Zapien en Muerte sin fin, un homenaje al Primer sueño, editado y publicado por “Literatura Mexicana”. Tarsicio intenta concluir cuál obra ha dejado más cimientos, o bien ha encontrado más casas, para y en la escritura mexicana y universal: si Primer sueño o Muerte sin fin. Citando a Gilberto Prado, Herrera escribe:

El poema de sor Juana ha sido traducido tanto al alemán, como al latín, inglés, francés e italiano. Sin embargo, se conocen únicamente traducciones al inglés y francés de Muerte sin fin. Mientras el de sor Juana ha ocupado un lugar en dos docenas de libros, el de Gorostiza sólo ha llegado a tres. En conclusión, Primero sueño ha recibido una mayor proyección hacia otras culturas. (Herrera 8)

Si bien múltiples escritores alegan que la traducción poética es un crimen que termina acribillando las imágenes, sentidos y sonidos de la lengua original, son, en cambio, la mayoría los que la defienden. Y no sólo la defienden: sino que la toman como referencia de la cantidad de lenguas en las que un autor logra permear y el alcance que tiene en la sociedad como voz humana, así como en su potencial influencia hacia otros escritores.

Y por aquí es que quería abordar mis cuestionamientos en cuanto a la línea de investigación filológica y literaria de Muerte sin fin. Es cierto que, después de la intervención de Gilberto Prado, Horácio Costa tradujo Muerte sin fin a su cuarto idioma, el portugués, sigue sin alcanzar por ningún lado el poliglotismo que tienen Piedra de sol, Primer sueño u otros clásicos latinoamericanos. Mi cuestionamiento va hacia la búsqueda por comprender esta obra lírica desde otras lenguas y ojos; que no estén contaminados por las alabanzas inmediatas hacia el poema largo y su importancia; que no estén acostumbrados a los aplausos de mexicanos para mexicanos; que no entiendan, de entrada, siquiera el poema; que tengan que remitirse, hasta el cansancio, a las diversas interpretaciones; que consigan, desde la duda, relacionar al poema con algo fresco y distinto (como lo hizo Baglyosi con Huidobro); que busquen el intercambio epistolar entre contemporáneos para poder abordar la creación del tabasqueño desde las personas que estuvieron más cerca de él, intelectualmente hablando.

Muerte sin fin ya es como Pedro Páramo: sin miedo nos dicen lo excelente que es y lo importante que es leerlo. Pero: ¿sabemos hasta ahora por qué es importante leerlo? ¿No representa como casi toda creación, una apreciación personal? Si bien es cierto que conocemos las influencias y lo que ha influenciado, ¿en qué términos sobrepasa del campo de la literatura al de la sociedad o la vida diaria? ¿Qué nos aporta Muerte sin fin como obra artística a la interpretación de nuestra cultura y sociedad?

Aquí tengo ya dos cuestionamientos entonces: ¿dónde quedan esas ganas de seguir traduciendo el poema a vastas lenguas que nos puedan retroalimentar de vuelta? y, por último ¿dónde queda ese análisis sociológico, y de campo, para Muerte sin fin, como sí lo han tenido Piedra de sol o el libro de El laberinto de la soledad?

Al tiempo, tiempo, como dicen que alguien dice.

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Obras citadas:

Aguilar Mora, Jorge. En los márgenes de “Muerte sin fin”. 20 de noviembre de 2015. México: Hispamérica, 2002. Impreso.

Baglyosi, Leona. “Cosmovisión poética en las vanguardias Latinoamericanas: Huidobro y Gorostiza”. Vanguardias sin límites: Ampliando los contextos de los movimientos hispánicos, II. 5-34. Budapest, Hungary: Universidad Eötvös Loránd, 2012. Impreso.

Costa, Horácio. Apuntes sobre el poema largo en América Latina (José Gorostiza y Octavio Paz, Jorge de Lima y Haroldo de Campos). México: Cuadernos Americanos NuevaÉpoca, 2006. Impreso.

Deibicki, P. Anrew. La poesía de José Gorostiza. México: Colección Studiu, 1962. 28 de nov. de 15
Flores, Ángel. “José Gorostiza”. Spanish American Authors: The Twenieth Century. Nueva York: The H.W. Wilson Company, 1992. Impreso.

Gorostiza, José. Muerte sin fin. México: Ediciones R. Lorea y Chávez, 1939. Impreso. Herrera Zapien, Tarsicio. “Muerte sin fin, un homenaje al Primero sueño”. Literatura Mexicana 16.1 (2005): 145-52. Impreso.

Leiva, Raúl. Poesía de José Gorostiza. México: UNAM, Dirección General de Difusión Cultural,1969.Impreso.

Pacheco, José Emilio. “José Gorostiza”. Latin American Writers. Ed. Carlos A. Solé. Tomo 2. Nueva York: Charles Scribner’s Sons, 1989. Impreso.

Tornero, Angélica. “Muerte, apelo a tu rigor. (Nota sobre Muerte sin fin de José Gorostiza)”. Las miradas de la crítica: los discursos de la cultura hoy. 101 – 112. Azcapotzalco, México: Universidad Autónoma Metropolitana, 2001. Impreso.

Antonio Ortuño, Constantino y, al principio, Méjico

Nicolás Cuéllar Camarena

Méjico; Antonio Ortuño

No esperar una reseña en particular sino más bien de lo particular.

Pobre Antonio Ortuño. Sí, porque la modernidad lo ha puesto al alcance de todos los que le leemos. Corrijo: la modernidad y su propia apertura nos han permitido seguir ojo con puño el crecimiento de un escritor nocualquiera. Le atestamos de preguntas, respuestas y verdades (según nosotros). Vaya suerte la de Ortuño, cada vez que le leo, pregunto: ¿cómo le hará en la siguiente entrega para reinventarse, pulirse o superarse? Es complicado escribir- tal vez aun más complicado leer- desde la emoción plena que provoca criticar aquello que transporta un libro o una voz. Siguiendo el camino de los aunes: más aun cuando lo que provoca es enteramente positivo. Claro que, al final, lo sincero se esclarece por sí solo y, cuando no tienes nada que perder o ganar por lo que escribes, pues más- favor de no consultar a Ciro Gómez Leyva para esta última aseveración.

Cuando leí Recursos Humanos entendí el personaje que es Antonio Ortuño. Cosa que no había quedado clara con El buscador de cabezas, ganadora al Mejor Debut de Novela que otorga Grupo Reforma; proceso natural y hasta deseado para el escritor que está en búsqueda de su tono. Personaje renegado, alfarero de la literatura, aquél que da forma al barro de oficina sin ventanas gracias al paisajismo de su mente y a lo oscuro de su inventiva, Ortuño demostró que los escépticos de la literatura ordinaria (como la de Eraclio Zepeda u Horacio Quiroga) estaban equivocados al creer que en las planicies invisibles no puede haber cumbres de ingenio. No confundir ordinario con vulgar o analfabeto literal. Ordinario por sublimemente humano. Historias sencillas, con personajes obscenos (remitirse a lo obsceno en la épica griega) y encarnados entre nosotros. O toda la ecuación al revés. Constantino, el estándar aviador de dependencia gubernamental, llega ahora al sector privado, quedando expuesto al intento de derroque orquestado por un frustrado trabajador que ha mutilado su alma recortando papel. Y esto, en el libreto, no suena para nada poderoso, ¿cierto? Pero se logra bien en Recursos Humanos por “una prosa eficaz que consigue convulsionar al lector ante las contradicciones y las debilidades”, como externó Guadalupe Nettel. Yo añadiría que la búsqueda del propio autor no es la de sorprender sino la de quemar la cosecha de siempre para sembrar distinto pero en el mismo sitio. La prosa de Ortuño parece salirse de la actuación pretenciosa de años y volver al guión original con el que ensayaron muchos buenos autores (pienso en Ibargüengoitia o Sada). El resultado fue una novela que estuvo a un libro de ser Premio Herralde, con un par de personajes, como Gabriel Lynch y Mario Constantino, que delinean muy bien lo que ahora se espera, como mínimo y máximo, de un escenario tan cotidiano- el del trabajo-, para una prosa que aspire a no ser relegada en dos generaciones.

El contexto anterior es fundamental para denunciar lo que me interesa que no se pierda como pasa cuando se reseña un libro a partir del inseparable canon mexicano (tan cerca de la frontera pero tan desentendido del NYRB): el progreso del escritor y la limpidez de su prosa. Méjico (Océano 2015) es, quizá, el principio del fin de la cacería por la voz de Antonio Ortuño. Me explico. A diferencia de Ánima, Méjico reviste ya una prosa más amueblada y calcificada del uno al doscientos treinta y cinco. No existen los pasajes inconexos o difusos que podrían verse en Ánima, su tercer novela, que me aventura como la más alejada de lo que él mismo esperaba- no es que me lo haya susurrado sino que la testigo se llama Méjico. Dice Ortuño que pasó ocho años escribiéndola, lo que me hace pensar que, si no lograba terminarla, era porque no estaba listo para ella; para una historia bastante masticada en nuestro país, pero masticada en boca de otros. Antonio ha engullido, hasta la digestión, un par de sustancias no sencillas de ficcionar dada su existencia histórica y cercanía. El crimen, la corrupción y la impunidad en unos ojos, el miedo y la guerra bajo cuatro pies. Migraciones forzadas por un fenómeno u otro, pero migraciones al fin. Distinto a “Adiós a los padres”, de Aguilar Camín, donde largas líneas que rezan partidas y arribos traen freno de mano, Ortuño consigue la quinta en los pasajes que debieron correr eternos para aquellos “migrantes invisibles”, como les nombra Jordi Soler; estos son los migrantes que no entran en los libros de cuentos porque no fundaron Colegios o fueron amigos del Presidente. Es más bien, uno que escapa víctima de una “Quina” cualquiera y otras capaces de lo que fuera siempre tras la consigna de empezar a vivir. Se lee, así, Méjico con otro diccionario literario. Como el principio de lo que podría ser la última voz del escritor de Guadalajara. Esta es una novela auténtica no por única en su trama sino por primeriza en él. Ya no es Ortuño el personaje únicamente sino también el escritor. Es aquél que consigue lo que muchos dan falsamente por sentado toda su carrera artística: la voz propia y el propio tono que les permitirá traspasar las bardas del tiempo. Mi respuesta a la pregunta del principio sería: lo consigue con una construcción mimética sólida, un espacio de creación redondo, tres actores robustos que no se pierden en la dureza de la historia sino que marcan el tiempo gracias al recurso literario favorito de Ortuño: el de la ironía, la esperanza desesperanzada y la náusea, y, consigo, planteando temas eternamente contemporáneos. ¿Encuentran lo catártico en esto?

De aquí en adelante será interesante ver cómo escala desde este piso. La crítica, donde no quepo yo, no le permitirá siquiera tropezar. Antonio Ortuño, creador de Constantino, el que mejor utiliza los dos puntos para la novela de hoy, ha encontrado un mundo de salidas retóricas en la intertextualidad de su panorama, edificando diarios y mundanos clásicos, hasta constituirlos en la música que más le gusta y que mejor sabe tocar: el rock and roll rumbo a ¿su segunda final en Cataluña?

Entre manos equivocadas

Jorge Othón Gómez-Martínez

“Como te ves, me vi.
Como me ves, te verás.”
Dicho popular

Como se bajan las escaleras de un apartamento a las tres de la madrugada, con suma delicadeza, así Eugenio se metió en su cabeza. No fue cosa fácil, si hemos de ser sinceros, pero tampoco complicada. Digamos que Rosa llegó desarmada; sin caballero. Sí, está bien, todos la vieron llegar maniatada de Rubén, no obstante –¡Hombre!– todos conocen a Rubén: era la mano más sudada y más solicitada. Ahí el amor era transitoriedad. Quien caía, eventualmente se evaporaba. Y se sabía. Así, pues, dentro de un ritual ya repetido, conocimos a la bella Rosa. Breve intimidad que te permite una mirada y un saludo parco.

La noche es tan larga como se quiere, escuché decir a un narco en un antro de la capital. ¿Qué cómo supe que era narco? Fácil: me lo dijo sin vergüenza. Y podría jurar que lo sabía desde antes: observé en sus ojos años de lobreguez. La noche no terminaba; en sus ojeras advertí la vida que te provoca mantenerte a salvo sumando muertes humanas. Una oda clara al mundo animal. Y eso, me cuentan, se ve por doquier.

Rosa, sin embargo, era bella. Como la otra cara de la noche. Callada. Seria y elegante. De su boca no salía más que lo esencial: bello acomodo de respuestas prefabricadas. Tampoco nosotros manipulábamos el intelecto como se debiera, pero hacíamos nuestro intento. Rosa respondía, lozana, cualquier pregunta directa. Entre amigos, ya saben, es tradición joder a los nuevos, y ella, a pesar de su nata belleza y cuerpo de Venus, no podía ser la excepción. La molestamos, recuerdo, como si fuera cualquier maniquí. Nos hicimos amigos después, claro. Pero aquí importa Eugenio, no mi relación con la querida Rosa.

Eugenio era un hombre sombrío: como la oscuridad en el cutis del narcotráfico, ese Sísifo que sostiene los ojos. No supimos por varios años a qué dedicaba sus días. Siempre que se le preguntaba, evadía. Escuchábamos por voces forasteras –pues sí, hay que mencionarlo, Eugenio era raro mas popular– que cambiaba constantemente de carrera. Buscaba la belleza, como posible artista. Y al parecer no la había encontrado en los tecnicismos, ni en la matemática, ni en el capitalismo. Estaba en búsqueda constante –apasionado, cosa que yo respetaba–, sin conseguir asir su propósito. En su momento podría apostar que, ingenuo, buscaba ciegamente como infante que sabe que crecerá. Con una fe ciega en su sentir, con una fe de aquellas que ya no se confeccionan. Así hablaba Eugenio, y así, para una bailarina como Rosa, la prosa se convertía en convivencia jamás vivida.

Rubén no es totalmente lo que se piensa hasta ahora. Carajo, no puedo pensar en persona más risueña. También, carismática. Portaba un carácter envidiable. Se ganaba, formulando gestos felices y vagos, a todo mundo. Era risa y diversión, como reza algún dicho infantil. Infantil como teóricamente debe ser la vida. Sus hoyuelos revivían hasta al más fúnebre de los funerales. Rubén era un bailarín, no de escenario, pero de la vida. Y en el segundo día de conocer a Rosa, cuando la llevó a esa carne asada en casa de José Luis, buscaba seguir bailando con ella.

La cosa resultó así, aviesa como el destino. Él se sentía seguro, enmendado por su pasado. Las risas fueron cosa de cada viernes, de cada broma. Él se ganó al público, pero Eugenio sutilmente se ganó la atención de Rosa. Hay un punto donde la ganalura pierde su poder de competencia –donde, digamos, la estética no basta–, y sobrecoge la intangible y misteriosa afinidad de dos extraños compatibles. Baile y letras se conjugaban, sin conocerse, en una ilusión de más días. Días, forzando la retórica, de pura ilusión. Rosa y Eugenio compaginaron, una vez que Rubén se levantó por otro trago y ellos dos tuvieron la oportunidad de conocerse, fácilmente como la facilidad de lo siguiente. No obstante, aquí, se sentía como si no hubiera posibilidad de perder. Se leyeron y la historia se acabó, en realidad. Rubén regreso, se sentó al lado de Rosa y río, sin embargo todos sabían, quizá por natural incertidumbre, que la bailarina no atendería de vuelta a las bromas jocosas de Rubén. Ahí tomó protagonismo Eugenio. Y, hasta el día de hoy, en su aniversario 50, me atrevo a decir que jamás lo perderá.

La noche fue larga, si me permiten terminar la historia. El reloj, bello símbolo, continúo su camino: todos platicamos y reímos respetando el esquema de reunión dominical. Entre nosotros nos tratábamos como hermanos, cuando se podía. Ahora que cada quien se ha dedicado a la familia y al trabajo –cosa honorable, claro–, las reuniones han disminuido. Pero vaya, aun así recordamos con gusto aquella vez que Rosa se despidió de Eugenio, después de intercambiar vidas con escasas palabras, y olvidando momentáneamente que había llegado con Rubén, lo besó diciendo entre labios “otra vez”. No hubo entre ellos pláticas incómodas o inacción temerosa que impidieran lo inevitable: el enamoramiento.

Enhorabuena. ¡Salud!

6- Recomendaciones del domingo 02/08/15

Cine

Por Luis Reséndiz

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En 1996, Kevin Smith (encantador a la vez que antipatiquérrimo poster boy de los cineastas nerds noventeros) recibió una comisión: escribir un pitch para el guion de Superman Reborn, la película que marcaría el regreso de Superman a la pantalla grande después de las desastrosas Superman III y Superman IV: The Quest for Peace, una película tan mala como pegarle a dios en domingo de ramos. Smith aceptó encantado, y así comenzó la historia de Superman Lives, una cinta que sería protagonizada por Nicolas Cage como el Hombre de acero y Christopher Walken como Brainiac —con Sandra Bullock en mente para el papel de Lois Lane, una elección inspirada— y cuya dirección estaría a cargo de Tim Burton, el geniecillo responsable de traer a Batman a la vida cinematográfica. La historia es contada de primera mano por sus protagonistas en The Death of Superman Lives: What Happened?, un documental indie que, fascinado por la historia de esta película que nunca fue, rastrea minuciosamente su memorable recorrido hacia el fracaso. Se consigue únicamente en http://www.tdoslwh.com/ (y otros medios menos ortodoxos) en varias presentaciones: desde la copia digital hasta blu-ray y dvd.


Música

Por La Redacción

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Este domingo, recomendamos el disco ‘Dreams’ del grupo donde inició su carrera Erlend Øye- ahora compositor y cantante de Kings of Convenience-, The Whitest Boy Alive.

Una fresca y original producción, que ya anunciaba lo que nos ofrecería, años más tarde, en este grupo que combina la sintetización con la guitarra y el piano de forma magistral.

Algo que siempre se la ha criticado, es el fondo de la lírica, que parece quedarse corta y perderse con las composiciones musicales que la engloban. En este disco, a diferencia de su más reciente, Declaration of Dependence,  si imagina una madurez tardía, pero sólida e interesante.

Esperemos que lo disfruten.


Literatura

Por La Redacción

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Las palabras que dejó

Fernanda Toral

Había escrito un poema la noche anterior. El último. Y había sido para ella, como gran parte de las cosas que escribía. Se lo había dado a ella sin esperar nada a cambio, le había dado el regalo de sus palabras y ahora sólo quedaba su eco. La pluma de su escritor ya no trazaría aquellas líneas ininteligibles mas que para él, no habría más versos ni poemas ni para ella ni para nadie. Ya no habría más él. No quedaba nada, se había ido a donde no sabía cómo seguirlo.

Ellos, que se habían pasado una vida intercambiando palabras. Ellos, que habían vivido para leerse el uno al otro. Ellos, que ya no eran más ellos sino sólo ella. Ella, que había quedado reclusa en un monólogo sin más audiencia que su ausencia latente en las palabras que ahora le escribía a nadie.

Un poema, era todo lo que le había dejado. Y lo había escrito como si supiera que era una despedida pero sin advertir que era la última. ¿A dónde te fuiste, mi escritor, que no puedo seguirte? Y se recluyó en sí misma y las palabras que ya no le contestaban. Se negó a hablar de su ausencia por temor a que fuera real. Se negó a hablar de ella y se limitó a conversar con su abandono, a evocar la soledad en la que la había dejado como única compañera, como él había sido toda su vida.

Él le había dicho alguna vez que nunca la dejaría sola y que ni él ni sus palabras la soltarían. Pero había roto su promesa; se había marchado antes que ella y ahora sólo el silencio la acompañaba. Ella, que había vivido para escribir y leerlo. Ella, que se había imaginado yéndose primero. Ella, que quería seguirlo pero no sabía a dónde se había marchado, leyó una última vez su poema, donde al final rezaba “Para Elena”.

Respiró profundo una vez más y entonces sus pies supieron guiarla sin pasos hacia donde se había marchado su escritor.

5- Recomendaciones del domingo 26/07/15

Cine

Por Luis Reséndiz

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Esta semana —como tantas otras— no he visto más que cine de horror. Le debo mucho: junto con las producciones de la Amblin —se sabe: Los Goonies, El joven Sherlock Holmes, El joven Indiana Jones, Gremlins—, el horror fue una de mis fuentes primigenias de amor al cine. Y, como buen hijo de mi época, disfruto muchísimo —a veces de forma irónica, a veces no— el slasher, ese subgénero en el que un grupo de adolescentes, generalmente interpretados por evidentes veinteañeros, es asesinado paulatinamente por un enmascarado que los acecha. Y la mamá de los pollitos del subgénero es la  por-todos-conocida Psicosis de Hitchcock. Aquí está presente ya el asunto edípico, que más tarde sus herederos —como Viernes 13, quizá su más ingeniosa relectura— sabrían retomar hasta el cansancio. Si andan con tiempo, chéquense Psicosis de Van Sant, el —para muchos fallido— remake a color, y si ya de plano quieren clavarse en la textura, pues Psychos de Steven Soderbergh, el montaje en el que combina el original de Hitch y el remake de Van Sant. La de Hitch se consigue fácil en Netflix México, la de Van Sant es un poco más difícil pero anda en Internet y en DVD, y la de Soderbergh está gratis en su sitio: aquí.


Música

Por La Redacción de PyOT

En este domingo de recomendaciones, el tema central en los tres campos culturales: cine, música y literatura, es el del arte en lo audiovisual. Por ello, nuestra recomendación se presenta en el más reciente video de Kendrick Lamar, Alright.

Un video que enaltece la letra por encima de cualquier otra expresión artística. Si a este recital de sentimientos profundos de Lamar le podía faltar algo, era el acompañarlo de un material visual acorde a lo crudo de su producción.

Aquí extendemos este video para que lo disfruten en todo lo extenso de su complejidad musical. Rogamos hacer especial atención en las letras:


Literatura

Por J.O.G-M.

Muchas veces no consideramos, como en el caso de las películas de Woody Allen –la gran mayoría, si no es que todas– o de Richard Linklater –pienso primordialmente en la trilogía Before–, que la magia de la experiencia realmente radica en el guión. En las palabras. En el tejido que sustenta la idea expuesta; el tema erguido. Es ineludible el apoyo de la literatura, como medio de expresión de una lengua, en manifestaciones artísticas de índole cinematográfico o musical. Incluso, con su exposición Escrito/Pintado ahorita montada en el MUAC, Vicente Rojo coquetea con los lindes porosos entre la pintura y la letra, entre lo primariamente hecho para el sentir de la vista y la acción racional de interpretar el conjunto de signos que tenemos por idioma. No solamente encontramos literatura entre cobertores y solapas.

El hombre, se sabe, tiene la obsesión de nombrar todo. Y qué bueno que así lo sea, pues con esto robustece la lengua, la convivencia. El poder agrupar un sentimiento, una era, una idea o un conjunto de cosas en una palabra –es decir, el generar un concepto– acelera, en cierto sentido, el diálogo. Involucra, súbitamente, más jugadores. Y entre más personas domestiquen el concepto, el habla se acelera. Un todos ganan, digamos.

Apoyándome en esta idea, me gustaría traer a colación un proyecto que ha acaparado mi atención estos últimos días: The Dictionary of Obscure Sorrows. John Koenig, un diseñador oriundo de Minnesota, ha reunido en sí una serie de nuevas palabras que evocan sentimientos que todos –y me incluyo– hemos vivido. Desde la ansiosa introspección de la mirada, hasta la palabra adecuada para definir nuestro muro de jardín con el que hemos ceñido nuestra existencia. Y aquí, en videos de no más de tres minutos, no solamente resalta la estética, sino la profunda prosa con que se examina cada sentir, cada latir.

The Dictionary of Obscure Sorrows no solamente nos propone nuevas ideas, sino que nos lleva, palabra por palabra, hacia la propuesta de nuevos conceptos, de pensamientos que diariamente sopesamos mas no aterrizamos.

Se escucha entre los grandes que todo se ha dicho. John Koenig piensa lo contrario.

Conferencia sobre la lluvia

Jorge Othón Gómez-Martínez

El próximo agosto, El Colegio Nacional nos regalará cuatro funciones de Conferencia sobre la lluvia, monólogo escrito por Juan Villoro. El año pasado tuve la oportunidad de asistir a una función organizada por la Compañía Nacional de Teatro y, escogiendo cuidadosamente mis palabras, puedo asegurar que me acompaña hasta la fecha. Es una obra imperdible, digna de ofrecerle un peregrinaje al centro en hora pico. Acá mi experiencia:

Este temporal desempleo nos había subsumido, nos había flaqueado. Resolvimos, entre risas, abusar de cualquier evento gratuito que nos ofreciera esta ingente y plural ciudad. Hubo planes del Autocinema ­­–con boletos que me habían regalado tiempo atrás–, incluso un par de visitas a distintos museos con descuento de estudiante, pero ninguna se concretó. La única que hasta el momento ha sido fructuosa, es una puesta en escena de Conferencia sobre la lluvia, de Juan Villoro. Una obra consagrada bajo la dirección de Sandra Félix, la magistral actuación de Diego Jáuregui, actor del elenco estable de la Compañía Nacional de Teatro, y la bondad de ésta, por cobijarnos en su sala Héctor Mendoza sin estipendio alguno –mismo que, si me preguntaran, fácilmente podría ajustarse a una cifra aparatosa.

La obra es un gran soliloquio, una conferencia espontánea, una hermosa disertación sobre la lluvia en la poesía y, sin querer, el amor: el tema recurrente de la vida, sin duda. La trama es bastante sencilla, pero esconde un caleidoscopio de copiosas caras: un conferencista, al momento de pretender comenzar su plática, advierte que perdió sus papeles; a partir de ese momento, estamos a la deriva: todo es posible. Apacigua los nervios alimentando al ansia y comienza con una breve reflexión sobre las escuelas básicas de la exposición: la conferencia leída y la improvisada. Retoma el hilo del discurso, expresa el tema –La lluvia– y comienza citando el Purgatorio de Dante, donde llueve en la alta fantasía, donde el poeta cambia el clima. De ahí, las palabras visitan tanto referencias literarias como propias vivencias del expositor, terminando, humanamente, en la frenética confesión de Laura, su más honda expresión de amor.

La lluvia es un símbolo melancólico, un cuanto depresivo. En el mundo poético primó entre los lugares comunes y seguramente lo siga haciendo, quizá no como imagen sino presencia muda. Siempre he defendido la idea de que el arte –ése que de verdad hela a través de la porosidad de los huesos– emana, naturalmente, de la tristeza: de ventanas y ventanas de ríos incontrolables de gotas.

Se prendieron las luces, después del eco infinito que produjeron los interminables aplausos, y la gente comenzó a movilizarse. Salimos con una gran sonrisa, a paso lento por la única puerta. Nos enfrentamos, de nuevo, con la noche y sus nubes desaparecidas: un soso cielo despejado. Queríamos que lloviera. Comenzamos a caminar sobre Francisco Sosa, conversando sobre esos recuerdos aún frescos de ciertas frases magníficas en la prosa de Villoro –no encontramos un ganador. Llegamos a un parque, pequeño, bien cuidado, con un par de restaurantes a un costado. Escogimos uno, el más iluminado. Nos sentamos arriba, con una gran vista a los altos árboles que resguardaban el encementado jardín, y con una cerveza en la mano esperamos a que lloviera.

No ocurrió.

conferencia lluvia

Fantasmas y aniversarios

Nicolás Cuéllar Camarena

Saliste a caminar porque no encontraste tu canasta de telas que esperan ser tejidas y hechas frazada o pulóver para tus hijos que ahogaste ya en tus ojos el día que el camión de los helados no paró a la orilla de tu porche. Quién imaginaría que un niño sería arrollado por cien kilos de limón y chocolate un verano que estábamos a cuarenta y cinco grados. Era en Mexicali donde el chofer borracho de licor de Parras no dejó la botella con tiempo y estampó en el piso, que hervía como plancha de cafetería Tex-Mex, los rostros de tus hijos; que se raspaban con el calor y se cocían los cachetes y los ojos. Tú tejías aquella tarde en la que el sol nos castigaba por ser más pobres. Seguro el sol es mexicano, piensas: porque actúa y lleva hasta las últimas consecuencias su poder sobre el resto de los planetas. Los niños, tus hijos, jugaban a la pelota en el jardín de su casa, mientras refugiaban a la sombra una jarra de limonada a medio tomar. Recuerdo que vestías de flores y era de color azul. Probablemente lo compraste en la IV Feria del Chao Ming del pasado mes de mayo. En tu ciudad la cocina china es la especialidad mexicana: el mundo nos regala a veces estos tremendos aforismos. Te sentaste en tu mecedora favorita y todo parecía poder derrumbarse. Era como una fotografía tan perfecta que en cualquier momento podría mojarse y perder la profundidad de sus colores. Estabas sola en casa porque hace dos años un mes y dos días tu esposo falleció por un golpe de calor en las minas de cobre. Demandaste a la empresa por negligencia pero en realidad nunca tuviste oportunidad de ganar. El abogado te habría mentido para sacarte los pocos pesos que quedaban en la bolsa que heredaste de tu madre. Una bolsa desafortunada que siempre has odiado pero que no puedes darte el lujo de abandonar. Tu guardarropa se limita a tres vestidos y dos zapatos. Un par de blusas, un sombrero y un pantalón de tela tan falsa como la que tejes. Tu mejor vestido es el que traías la tarde en la que murieron tus hijos. Ese día era tu aniversario con tu difunto cónyuge y pensaste honrar a los gusanos con verte más linda. Desde entonces ya sólo tienes dos vestidos porque ese tuviste que quemarlo: te recordaba a los ojos de tus hijos salidos de sus orificios por el impacto y el calor. Qué probabilidades hay, siempre te preguntas, de que el día de tu aniversario sea el día de la muerte de tus hijos. Ya no te quedan fechas para celebrar: en Navidad se murió tu madre y el día de tu cumpleaños falleció tu padre. Lo único que piensas cuando te acuerdas de esto es en colgarte de tu cuarto y que tu cuello truene junto con la jodida madera con la que se sostiene el techo. Desafortunadamente, para ti, no puedes dejar a tus hijos sin rumbo. Son presa fácil de las adicciones y los malos hábitos que suele haber en lugares donde el ocio reina a los relojes. Por ello cada mañana les preparas el desayuno que va desde huevos a la mexicana con chorizo, a pan francés. Tu horario es como campanario de templo: resuena en tus oídos cada determinada hora, avisándote lo marchito de tu vida y lo condenatorio de ser mujer en estos años en tu país. Aunque en realidad nunca te ha importado someterte a las estructuras y construcciones sociales porque apenas sabes leer y escribir y crees que eso te convierte en una especie de ficha intercambiable por cualquiera. Por eso esa mañana que saliste a caminar porque no encontrabas la canasta de telas, y te detuviste en la cafetería a comprar una soda para apaciguar el calor y el diario revoloteaba por el poco viento que combatía la humedad, tuviste que preguntar qué significaba que alguien haya “violado la seguridad del penal de Tecate y huido hacia lo que se cree que es Mexicali (sic.)”. Pediste que prendieran el televisor y en las noticias la rubia esposa del dueño de la mina donde falleció tu esposo, da las noticias. Sientes náuseas y le das un trago a la imitación de cola. Escuchas que Arnoldo Jiménez Cruz ha escapado del penal y es prófugo de la justicia. De inmediato en tu cabeza truena el caucho y el timbre de una bicicleta parece gritarte auxilio. Sales corriendo de la cafetería y doblas dos veces a la derecha para llegar a tu casa y ver, borroso como los miedos, a tus hijos desparramados por el chapopote que podría hervirles uno de sus huevos con chorizo por la mañana. Te arrastras como un gato en barandal y gritas al vacío mientras sujetas sus rostros dormidos. Caminas hacia el camión de helados y habita un hombre con la cara de Arnoldo estrellado contra el volante. Las náuseas son ahora indignación. Le escupes al criminal, a Dios y a tu madre por puro escupitajo en cascada como en época de elecciones.

Y a la noche siguiente vuelves a soñar lo mismo: porque en tu vida confundes aniversarios con fantasmas.